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La crearon los estudiantes del curso de Diseño Mecánico Integrado del programa de Ingeniería Mecánica de la Universidad Nacional de Colombia para facilitar el trabajo de las mujeres de la comunidad de El Almejal ubicada en el corregimiento de El Valle en el municipio de Bahía Solano, Chocó.  Esta apuesta social y con visión profunda fue orientada por el profesor Nelson Vanegas Molina.

 

 

 

 

En Bahía Solano, Chocó, rallar coco es una de las labores cotidianas realizadas por mujeres que encuentran en este producto el sustento económico de sus hogares.  Ha sido una labor riesgosa y demorada, que demanda de la atención continua. Pensando en esa realidad, un grupo de estudiantes de octavo semestre de Ingeniería Mecánica de la Facultad de Minas de la Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín, diseñó y construyó una ralladora de pulpa de coco con la intención de transformar las condiciones de trabajo de esta comunidad cocotera.

 

El proyecto nació en el marco de la asignatura Diseño Mecánico Integrado, la última del componente disciplinar del área de diseño en la carrera, hace parte de la visión del  profesor Nelson Vanegas Molina, quien ha trabajado con la construcción de máquinas y sistemas como extensiones para mejorar la productividad y, con ella, fortalecer el tejido comunitario. 

 

La ralladora se entregó el 29 de diciembre de 2025 a la comunidad de quince mujeres de El Almejal que diariamente encuentran en el coco su sustento. “La utilidad que nos ha dado el aparato para rallar coco ha sido muy alta, hemos tenido mucho ahorro de tiempo y de energía. Nos sirve para hacer las cocadas, rallar yuca y otros alimentos que son la base de los productos que vendemos. Ha mejorado nuestro trabajo porque, además, evitamos lesiones”, declaró Luz Amira Arturo Agarriales, una de las usuarias de la máquina. 

 

La necesidad era clara: en Bahía Solano, las mujeres rallaban el coco a mano, un proceso lento, agotador y con riesgos constantes de lesiones. “Eso conlleva una inseguridad de poder tener lesiones durante ese proceso y, sobre todo, que al ser una comunidad cocotera principalmente, pues es su sustento de vida”, señala Amaya. En promedio, cada mujer lograba rallar apenas unos diez cocos durante toda una jornada laboral. El impacto en la productividad y en la salud era evidente.

 

El equipo de estudiantes generó la máquina pensando en el proceso completo que incluye pelar, partir el coco y extraer la pulpa para múltiples preparaciones tradicionales, por ello, el enfoque del diseño giró en torno a facilitar las condiciones laborales, el transporte, el mantenimiento, la limpieza y la durabilidad del equipo en un ambiente de alta salinidad. Llegó a la comunidad después de un viaje en barco desde Buenaventura. 

 

“Proyectamos, más que un concepto, algo tangible. Con este proyecto cumplimos ciertas metas académicas y ayudamos a una comunidad con algo que podíamos nosotros crear con nuestras propias manos”, declaró Algemiro José Junior Amaya, uno de los estudiantes creadores de estructura de la ralladora.

 

 

El trabajo se organizó en varias etapas. Primero, los estudiantes se dividieron en tres grupos para proponer alternativas de diseño. Luego, tras evaluar y seleccionar la mejor propuesta de solución viable, bajo el liderazgo del profesor Nelson Vanegas Molina, se conformaron nuevos equipos encargados de los distintos subsistemas de la máquina: transmisión, sistema de rallado y estructura.

 

La fase de construcción incluyó pruebas rigurosas de ensamble, funcionamiento y seguridad. El objetivo era garantizar que la máquina respondiera a las condiciones reales de uso diario en la Costa Pacífica. “La diseñamos y la probamos pensando en los requerimientos productivos y de seguridad y posteriormente la ralladora fue empacada en un guacal de madera fabricado y donado por el Laboratorio de Productos Forestales. Antes de enviarla a la comunidad, adjuntamos manuales detallados de uso, mantenimiento y reemplazo de piezas”, recalcó Amaya. 

 

Para la formación ingenieril, este tipo de trabajo aporta un componente de servicio social que lleva a los estudiantes a preguntarse por los entornos y sus condiciones, a aplicar conocimientos específicos y probar varias veces antes de la entrega. La máquina fue financiada completamente por el equipo y donada a la comunidad.

 

En las pruebas finales, rallar un coco completo tomó alrededor de dos minutos, cuando, antes, según datos de la comunidad, solamente podían rallar cerca de 10 cocos por persona al día. “Ese aumento de producción es enorme, sobre todo por el desgaste humano que esto conlleva cuando se hace a mano”, señaló Amaya.

 

“La mayor satisfacción fue ver cómo implementamos muchos de los conocimientos adquiridos en diversas materias y llevarlos a una máquina funcional final. Además, interactuamos y tuvimos permanente apoyo con investigadores y técnicos del Laboratorio de Soldadura, Laboratorio de Procesos de Manufactura y Laboratorio de Productos Forestales, cuyos técnicos fueron clave en la construcción del prototipo”, añadió Andrés Felipe Jaramillo González, estudiante que participó en esta creación. 

 

En esta investigación es evidente la trascendencia del artefacto mecánico como símbolo y propósito. En esta máquina perviven ideas relacionadas con el tiempo recuperado, el esfuerzo reducido y mayor dignidad para quienes dependen del coco como sustento. De los laboratorios de la Facultad de Minas para las cocinas y espacios de trabajo de Bahía Solano. 

 

 

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